La importancia de un cuarto propio
5/24/20263 min read


Mucho antes de leer a Virginia Woolf, yo ya sabía que un cuarto propio era importante.
Con apenas nueve años, ya cerraba la puerta de mi habitación y colgaba en ella un cartel que decía: «No molestar: estoy creando». Mis padres y mi hermana tenían prohibidísimo entrar, no fueran a espantar a las musas. Lo decía medio en serio, medio en broma, pero en el fondo ahí ya se fraguaba algo importante: la intuición de que para imaginar hacen falta espacio, silencio y respeto por ese mundo interior. Ellos lo entendieron desde el principio, y supieron proteger ese primer territorio íntimo en el que empecé a imaginar.
Con el tiempo, la vida me llevó al otro lado de esa puerta. Ahora soy yo quien mira a una niña con una imaginación inmensa y entiende hasta qué punto hay que cuidar ese territorio. Ariadna ha sido la primera lectora y la primera crítica de esta aventura, pero, sobre todo, ha sido su detonante. Sin ella, este libro no existiría. O, al menos, no sería este libro.
El Club del Laberinto nació precisamente de ahí, de las ganas de unir la aventura con otras dos pasiones que me cautivan profundamente, la neurociencia y la gestión emocional, y hacerlo desde el juego y la emoción. Ojalá este libro tenga una vida larga, llegue a muchos niños y cale en ellos la idea de que encontrarse en un laberinto no significa necesariamente estar perdido.
En estas páginas hay también personas reales que, casi sin querer, han acabado formando parte del libro. Algunas aparecen de manera clara; otras están en su tejido más profundo. Me gusta pensar que eso confirma algo que siempre he sentido al escribir: que los mundos inventados no surgen de la nada, sino de los vínculos, de las conversaciones, de las experiencias vividas, así como de todos esos hilos que, de una forma u otra lo conectan todo.
En ese entramado están Antonia Fernández Corrales, quien creyó en este proyecto desde el principio, ¡antes incluso que yo misma!, y ha estado ahí en todas sus fases; Cristina López Barrio, que no solo me ha acompañado con su apoyo, sino que, con su obra y con esa capacidad tan suya para crear mundos llenos de fuerza, belleza y verdad, me animó a confiar más en los míos y a atreverme a construirlos; Lucía Fernández Alfaro, que ha sabido entrar en este universo, hacerlo suyo y darle vida con imágenes muy personales; y Carolina Pérez Gutiérrez, cuya mirada de editora ha sido decisiva para dar forma, dirección y claridad a este libro.
En un lugar muy próximo al corazón de este universo están también Marina Sánchez Obrador y Ángel Luis Martín, que me ayudaron especialmente con la psicología infantil, una de las partes más delicadas del proyecto, cuando las ideas todavía estaban buscando su forma. Su lectura, sus observaciones y su acompañamiento han sido fundamentales.
Están, por supuesto, mis amigos más cercanos, que han sido testigos del proceso y han acompañado el camino con afecto y paciencia, y esos seres queridos con quienes comparto desde hace años una mirada afinada también por el cine, por las historias y por todo lo que nos enseñan a ver. Y están nuestras gatitas, Tinieblas y Matilda, que me han acompañado y han colaborado cada día, sin ser conscientes (o quizás sí).
Si este libro se ha hecho realidad, es porque una vez hubo una niña que pedía que no la interrumpieran mientras creaba, una familia que supo tomárselo en serio y, después, una hija, Ariadna, que volvió a encender esa misma llama desde otro lugar.
Este libro lleva una sola firma, sí, pero está hecho de muchas presencias. Y esto, en realidad, no ha hecho más que empezar.
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